Nos Basta con la Religión
Para esta reflexión asumimos que el funcionario público del que hablamos es un verdadero cristiano.Creemos definitivamente que los cristianos tienen no sólo el deber ciudadano, sino bíblico de influir en la sociedad, y para ello la política no es un terreno a descartarse. Sin embargo es evidente que el deseo de algunos cristianos de que sean ocupados ciertos cargos públicos o espacios de poder, está motivado por un pensamiento constaniniano, en el sentido de considerar que si más evangélicos logran lugares estratégicos podrían lograr más beneficios para sus iglesias y para la proclamación del evangelio. A esto nos dice el teólogo Miguéz Bonino:
“Demasiado bien sabemos lo que ha significado (incluso para nuestra libertad de culto) el uso que ha hecho la iglesia católica romana de su poder político. No nos engañemos a nosotros mismos diciendo que nosotros no sufriremos esa tentación sino que todo lo hacemos para el avance del evangelio. Para eso nos bastarían nuestras iglesias. Si los evangélicos participamos en la política debe ser para bien del pueblo de nuestros países, no para obtener beneficios, para las iglesias más allá de la defensa de los elementales derechos de todos los ciudadanos.”
Tenemos quienes piensan que por ser creyentes los cristianos tienen una póliza de seguros contra la corrupción del poder y que la presencia de algunos creyentes en puestos de poder constituyen una garantía para la depuración del mundo político de sus demagogias y fraudes. Pero ¿Cómo creerlo cuando nada dicen de estos males en sus propios partidos y son los protegidos por los más terribles lobos del mundo político? ¿Puede esta teología populista y esta acción descomprometida con la verdad separarse de la coquetería con el mal y la traición de la justicia?
¿Nuestra acción cristiana en el escenario público apunta a los cambios de fondo o sólo de forma? ¿Sirve de algo cambiar la faceta religiosa del muñeco si el ventrílocuo es el mismo?
“No podemos dejar de tomar en cuenta que el poder mediatiza nuestra vivencia de la verdad y nuestro contacto con la realidad, y lo peor es que llega a evidenciarse la tendencia a que la fe se diluya hasta desaparecer cuando hay una radicalidad ausente en cuanto a los valores cristianos. Bien decía Otto Maduro: “Frecuentemente nos dejamos deslumbrar por el brillo del poder y tendemos a copiar, a imitar lo hábitos, valores, ideas, y teorías y, sobre todo, lo más superficial de todo esto: los gestos y las frases de los que están “más arriba”… Tomamos así prestado nuestro conocimiento de grupos cuya experiencia de la realidad es profundamente diferente de la nuestra. Y así nos relacionamos con nuestra realidad de maneras profundamente inadecuadas, irrelevantes, y alienadas”
La legítima participación política de los cristianos se debe interpretar entonces como una oportunidad de servir y subsanar las consecuencias de los graves problemas sociales. La preocupación no radica en las causas que generan la pobreza, la injusticia, el hambre, etc. Sino como mitigar esas realidades a través de obras sociales que se puedan promover desde el poder conquistado. El problema por otra parte radica en que se considere que el gran elemento capacitador es la religión descartando otros elementos de vital importancia. Al respecto Leonardo Boff dijo: “Para esta tarea no basta con tener fe, ser piadoso y poseer un corazón henchido de amor; se requiere también inteligencia y versatilidad intelectual”
O como dijera Miguéz Bonino: “Es también una ingenuidad creer que basta con ser honestos y bien intencionados para ser buenos cristianos en la vida política… Es necesario que sepa lo que hace. Con escasas excepciones no nos hemos preparado para eso. Claro tampoco lo han hecho muchos otros políticos, precisamente por eso, nuestra responsabilidad es mayor. Y requiere una doble tarea: por una parte tratar de comprender mejor como se relacionan el evangelio –la enseñanza bíblica, el mensaje de Cristo, la enseñanza apostólica, la experiencia de veinte siglos de la iglesia cristiana- con los temas y cuestiones que tiene que tratar la política. Por otro, la propia ciencia de la política, de las relaciones de poder de la economía. Si no lo hacemos resultaremos “idiotas útiles” (o tal vez peor, “inútiles”) de cualquier tipo de tendencia a la que nos afiliemos responsables de sus resultados”.
Hoy día algunos buenos cristianos tendrían que preguntarse cuánto bien le hace a la causa de Cristo y al pueblo al que pretenden servir convertirse en representantes de la continuidad de gestiones públicas que han sido pésimas, o declararse continuadores de una línea en correspondencia con quienes son violadores del estado de derecho, o validadores de causas cuestionables.
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No importa el color de los Zorros, cuando se trata de “Bernardo” uno sólo habla tan fuerte como veintidós.
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